LA CANCIÓN MODERNA, Nº 429
6 del junio de 1936

LA VERDADERA VIDA DE CARLOS GARDEL
RECOGIDA DE LABIOS DE SU ANCIANA MADRE

La Verdadera Vida
de Carlos Gardel
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SU INFANCIA.
 

"Señor Rossi: Me será grato conversar de mi hijo con usted para LA CANCIÓN MODERNA. Lo saluda Berthe Gardes."

El 24 de junio, dentro de muy pocos días, se cumplirá el primer aniversario de la desaparición de Carlos Gardel. Ya sabe el lector, como lo sabe el pueblo, lo que ha significado para Buenos Aires, para todo el país, la trágica muerte de este pájaro cantor, que, como ninguno, supo poner su nombre, su voz, su sonrisa bondadosa y su vida abnegada, en el sensible corazón popular.

La señora Berthe Gardès, madre de Carlitos Gardel en una foto obtenida hace algunos años

Quien era Carlos Gardel? ¿De donde provenía? ¿Donde nació? Para poner en claro, ordenadamente, estos aspectos de su primera infancia, ha debido llevarse a cabo una, intensa "búsqueda" periodística. Largas horas de conversación con la anciana madre de Carlitos Gardel, la viejecita que vive hoy con la misma angustia del fatídico 24 de junio del año pasado, cuando en la humilde casita de Toulouse, se enteró de la terrible desgracia. En sus pupilas, constantemente veladas por la emoción del recuerdo, se descubre la imagen de su muchacho muerto, que vive en sus labios, a su alrededor, y hasta en el constante ademán de caricia de sus pi

Paul Gardès, padre de Carlos Gardel, y a quien éste casi puede decirse que no conoció, pues falleció a los pocos meses de su nacimiento.
Ed. Ver nota 1

adosas manos viejas. La viejecita no se resiste a conversar de su hijo. ¿Como se va a resistir si no piensa en otra cosa; si su vida actual es una esperanza turbia de que su hijito volverá, de que no es posible que se haya ido para siempre sin decide su ultimo adiós, sin besarle en la frente, y con aquella voz que se hacia tan tierna para decirle: "vieja, viejita"?

Porque si alguna impresión primera y definitiva se recoge conversando con esta madre, es que Gardel la ha adorado por sobre todas las cosas; que ella sido la razón de sus luchas, de sus triunfos y de su profundo amor a la vida. Por eso lleno todo el panorama sentimental de esta anciana, que fue joven una vez, y que aunque su fortuna no se le mostró propicia, tuvo la inmensa fortuna del amor de su hijo; esta mujer que hubiera preferido continuar y cumplir su oscuro destino proletario, y que su hijo no alcanzase la notoriedad mundial que lograra su voz, pero que continuase aun a su lado adorándola, como cuando era un muchacho pobre, con sus ropitas humildes, y que al anochecer de cada día de trajín, llegaba a su casa para dormirse en el regazo de esta misma mujer de cabellos blancos que ahora esta frente a nosotros, y que de tanto en tanto deshace su emoción en lágrimas que desgarran nuestro espíritu. Pero, sigamos su relato; escuchemosla:


"CUANDO YO ERA CHICA, EN TOULOUSE . . ."

Doña Berta ha conversado ya muchas veces con nosotros. Desde su llegada a Buenos Aires, después de la tragedia, mas de una vez nos acercamos hasta ella con motivo de los homenajes tributados a la memoria de Carlitos Gardel, y en cada oportunidad nuestro corazón se ha sentido profundamente impresionado por su permanente dolor de madre. Cuando hace unos días, por intermedio de Armando Defino —que es para ella coma un hijo, según sus propias palabras— le hicimos llegar nuestro deseo de conversar sobre la vida, la verdadera vida de Carlitos, no demoró en hacernos llegar su disposición incondicional para nuestra revista, traducida en las palabras del autógrafo, que figuran en esta misma página.

FUE INQUIETA SU INFANCIA

Carlitos a los cuatro años de edad. Otra foto obtenida en calidad de primicia por una cortesía de doña Berta Gardes.
Ed.: Ver la misma foto de la colección de A. Olivieri.
Ver nota 2.

Y así una vez, y otra vez, hemos llegado hasta su casita de la calle Jean Jaurés, y sobre la amplia mesa comenzó a desfilar la vida gráfica de

 Carlitos Gardel, desde sus primeros años mientras en en conversación florecía, al través del recuerdo minucioso, el otro Carlos Gardel, el que recorrió el mundo ante el aplauso triunfal de todos los públicos; el que ganó el corazón de cuantos lo conocieron; el que supo despertar en el alma de esta viejecita un amor que no es posible traducir en palabras...

 La anciana tiene toda su vida en estas cajas que guardan sus preciados tesoros... Las mira, las toma entre sus manos, y un recuerdo y otro, de distintas épocas, revive en sus labios...
—Cuando yo era chica, en Toulouse... Mis padres eran gente humilde. A mi padre no lo recuerdo bien. Mi madre era casada en segundas nupcias, y a mi padrastro, que era muy bueno, le declamos "tío". La vida no era entonces coma ahora. Costaba mucho ganarse el sustento, Mi mamá era modista de sombreros y tenia buenos clientes. Su espíritu era muy anda riego y la ambición la movió, a emigrar de Francia, y aunque partimos con la intención de llegar a Montevideo, los viajes no eran como en la actualidad. Los vapores llegaban a America, pero a cualquier parte, y así fue coma nosotros desembarcamos en Venezuela. La gente allí era muy pobre. Mi madre no podía trabajar en su oficio de hacer sombreros, porque las mujeres en aquel tiempo no lo usaban, y por eso nuestra permanencia allí no fue larga y no tardamos en volver a Francia. Nunca supe comprender el espíritu de mi mama, y por eso quizá nos sentíamos un poco extrañas. Mis recuerdos de esa época no son muy agradables. Tampoco me apoyó durante mi noviazgo, y mi casamiento concluyó de distanciarnos. Mi marido fue un hombre muy bueno; los mejores sentimientos de Carlitos fueron heredados de el. —Y la viejita se abstrae en el recuerdo del hombre que fue el amor de su vida: el padre de su muchachito, que llegó a ser tan querido en todo el mundo.— Era un hombre muy inquieto —agrega—; inquieto en todo sentido y un gran soñador. La suerte no fue propicia con el --¡pobrecito!— y murió sin que mi hijo pudiera conocer el calor de su alma; Carlitos tenía apenas dos años cuando desapareció su padre, despúes de una enfermedad.


ENTONCES NOS FUIMOS A BUENOS AIRES.

No podía vivir junto a la incomprensión de mi madre y decidí abandonar Francia. Carlitos tenia algo mas de dos años. Les diré, que la la única verdad sobre la fecha de su nacimiento, es el 11 de diciembre del año 1890, y que nuestra llegada Buenos Aires fue el 23 de marzo de 1893. Poco tiempo después comencé a trabajar en el taller de planchado de doña Anais B. de Muñiz, que es esta misma señora que me acompañaba actualmente. —Nosotros ya hemos vista más de una vez a esta viejita encorvada por los años y sus achaques, y que quiere a doña Berta como a una cosa sagrada.

—La vida en ese tiempo —prosigue la viejita— era muy dura, y por mi trabajo me era materialmente imposible atender a Carlitos. Entonces fue que resolví entregarlo a una familia que lo quería como a un hijo, y de quienes éramos casi vecinos. Así la case de doña Rosa C. de Franchini se convirtió en un verdadero hogar para mi hijito. Ustedes pueden ir a visitar a los hijos de esta señora, porque la pobrecita ha muerto hace quince años, y ellos le dirán como era Carlitos cuando chico, sus inquietudes, y cuanto corazón tenia.

EN LAS CALLES DE BUENOS AIRES

UNA FAMILIA HUMILDE Y BUENA.

La señora Rosa C. de Franchini, fallecida más de diez años, que tuvo en su casa durante cinco años a Carlitos, como si fuese hijo suyo.

Para completar esta parte tan íntimamente ligada a la vida de Gardel, resolvimos, junto con Armando Defino que nos acompañó en toda esta búsqueda, visitar a la familia Franchini, que vive en un extremo de Villa Devoto. 

Carlitos Gardel tiene seis años de edad. Está dentro de un botecito "fotográfico" y lo acompaña una del las hijas de doña Rosa Franchini. Un tierno gesto les une, y una suave emoción se desprende de esta vieja foto.
Ed.: Oprimir aqui para ver la foto completa

Allí nos fuimos un frío sábado por la tarde. Una de esas tristes tardes del otoño porteño. Es una casita modesta, con un arbusto de mandarina tras la reja de entrada. Allí viven varios hermanos, que nos reciben con las manos extendidas en una franca cordialidad. Saben a qué vamos. Vamos a hablarles de aquel muchachito que durante cinco años fué hermanito de ellos, en quien adivinaban un destino extraño a la humildad de ellos mismos. 

En las paredes del modesto comedor donde nos sentamos, hay muchas fotografías de Gardel. Ellos las ponen sobre la mesa, y sobre los vidrios fríos pasan los dedos de este hombre y sus hermanas, gente de trabajo, de dedos rudos pero con una sensibilidad tan tierna... Miran con orgullo una fotografía casi reciente de Gardel, en la que éste aparece vistiendo un pulcro frac, con su sonrisa de muchacho triunfante sobre la vida poderosa...

—En esta foto —dice una de ellas— doña Berta nos había prometido hacernos dedicar una frase por Carlitos...Pero después, cuando sucedió "aquéllo"... —Y "aquéllo" es lo que ellas no quieren nombrar: la desgracia que todavía no pueden olvidar... —Nosotros vivíamos en la calle Corrientes entre Paraná y Uruguay, en una casa de inquilinato. Nuestra madre lo quería a Carlitos entrañablemente, y éste la llamaba "mamá Rosa". Doña Berta venía a verlo muy a menudo, y se puede decir que tenía dos amores maternos. No lo olvidamos nunca. Era de un carácter muy vivaz, muy travieso, pero tan bueno... —Y las mujeres, solteras todas ellas, piensan acaso en el hijo que la vida no les dió, y en cómo lo hubieran querido, si fuese así como el Carlitos de hace cuarenta años.— ¡Cuarenta años! Si parece que fué ayer cuando se escapó de casa, y alguien nos vino a decir que lo habían visto en el puerto, con otros chicos, vendiendo fósforos. Pero el pobrecito no tenía noción ninguna de maldad. Tampoco era para tener monedas y malgastarlas...
 

"YO SERÉ UN GRAN CANTOR", LE DECÍA A SU MADRE QUE SOÑÓ HACERLO MEDICO
 

OTROS RECUERDOS Y SU VOCACIÓN.

—Yo creo— dice uno de los hermanos— que desde muy chiquito soñaba con ser cantor. Él mismo lo decía. Muchas veces, de noche, cuando se acostaba, lo veíamos en la cama con un pequeño palo, a manera de guitarra, y cantaba las canciones de la época, mientras decía: "Yo voy a ser un gran cantor". Y esas palabras que entonces se le oían como ocurrencias de chico, cobran ahora, a través de tantos años, valor de predestinación. "Yo seré un gran cantor"...

Y asoma al recuerdo de todos los que estamos alrededor de esa humilde mesa, la evocación de sus ruidosos triunfos, de los públicos que lo aplaudieron en París, en Nueva York, en Madrid, y en tantos escenarios, desde los que despertó la ensoñación de hombres y mujeres, de ricos y pobres, de humildes y poderosos... Manos que se unieron en el aplauso frenético... Ojos de mujer que se humedecieron de emoción... Corazones de madre que apresuraron su latir después de su muerte. Carlitos... Cómo te ha querido esta gente... Bendito sea tu destino breve; tu destino de pájaro que quemó sus alas, que supo despertar esta ternura que vamos recogiendo con Armando Defino, en este bucear de recuerdos. 

Su infancia fué toda así. Pasamos por él más de un sobresalto. A los siete años se sentaba en las puertas de calle a cantar, y en seguida lo rodeaba un mundo de muchachitos y por intermedio de ellos, muchas familias se lo llevaban a sus hogares durante días enteros. Después volvía como si nada hubiese pasado, y su ternura borraba toda intención de castigarlo. Más tarde doña Berta lo inscribió en el colegio San Carlos y algún tiempo después volvía a vivir con ella...

SU CARACTER, — SUS INQUIETUDES.

Aquí estamos otra vez con doña Berta. Primero conversamos con ella sobre estos oscuros rumores que se han dado a rodar, acerca de que Carlitos Gardel no ha muerto; que esta loco... en Medellin...

Y mientras tratamos de demostrarle que son rumores fantásticos, caemos en la cuenta de que nuestra palabra, lejos de tranquilizarla, ahonda su dolor. Ella querría que fuese la verdad y su palabra entrecortada vuelve a morder nuestro corazón.

— ¿Acaso no podría ser verdad que no hubiese muerto? ¡Quién sabe...! En la confusión de los primeros momentos puede haberse escapado... 

Tal vez por efecto de algún golpe perdió la memoria... Y aunque estuviese loco, yo lo cuidaría a mi hijito... Y acaso se resignase, aunque ya no pudiese cantar...
Y escuchar esta viejita, con los ojos húmedos, soñar estas cosas imposibles, desgarra el alma. Ya no nos atrevemos a decirle que no puede ser. ¿No es mejor dejarla soñar? Y ella sueña... sueña... día y noche, mientras pasea de una a otra habitación por esta casa donde todo le recuerda a su hijito.
—Carlitos no sabia hablar en francés cuando chico. Por eso, algunas veces yo no podía retarlo, porque como hablaba muy poco en castellano, si lo retaba en francés mi hijito se reía. Yo también concluía por reírme y lo abrazaba. En ningún sitio podía estarse tranquilo. Cuando terminó su sexto grado, con las mejores clasificaciones, según ustedes podrán ver, no quiso estudiar más.

Entonces lo coloqué en los más diversos oficios. Tenía habilidad para todos los trabajos. Estuvo un tiempo en la cartonería al lado de la casa que ocupábamos... pero no duró. El dueño lo quería mucho y me lo reclamaba. Después estuvo de tipógrafo y llegaron a pagarle treinta pesos mensuales, cosa que en aquel tiempo, y para un muchacho de su edad, era una verdadera fortuna. Tampoco puedo olvidarme de cuando lo coloqué en una joyería. ¡Pobrecito! A la primera salida, quince días después, vino a verme y me traía un regalito escondido en la mano. Cuando la abrió, vi que dentro había un anillo que el mismo había hecho... para mi... Él mismo me lo puso en el dedo y lo miraba con orgullo... ¡Ah, mi muchachito...! —Y doña Berta vuelve a lagrimear, entrecortadamente...

DURANTE SEIS AÑOS SE LE CREYÓ MUERTO
 

"DAME LA LLAVE DE LA PUERTA DE CALLE..."

El frente de la casa en la calle Jean Jaurés, con sus persianas siempre cerradas, que semejan el velo de tristeza que la cubre desde hace un año

Carlitos Gardel a los dieciséis años, cuando paseaba su destino ignorado en los más distintos oficios de su vida oscura en Buenos Aires.
Ed. Ver nota 3 y la foto publicitaria.

—Nunca me voy a olvidar— dice la vijita con una suave sonrisa— de aquella tarde que llegó a casa a decirme que "esa noche tenía un programa"... Seguramente sería para ir a cantar a casa de alguna familia amiga. Con su carita llena de picardía y ademanes de hombre grande, me pedía que la diese la llave de la puerta de calle... ¿Se dan cuenta? —Y ¿qué edad tenía? —le preguntamos. Doce años. —Y la viejita se queda seria, con la misma seriedad de hace treinta años, cuando le explicaba a Carlitos que a los doce años ningún chico pide la llave de la puerta de calle. Probablemente lo habrá estrechado contra su corazón, acaso para ampararlo de algún posible peligro que lo acechase... Luego reanudamos la conversación...

Ahora es el recuerdo de cuando tenía catorce años... Una tarde salió de casa y no volvió. Lo busqué como loca por todo Buenos Aires, pero no lo encontré... Viví unos días muy tristes y casi no podía trabajar. Por la tarde, al terminar mi tarea, salía a recorrer las calles, pero todo era inútil. En una de mis diarias búsquedas, frente a una casa donde había una mudanza ví un gran carro, y sentado en el pescante estaba mi Carlitos, con un aspecto impresionante. Le habían puesto un traje de hombre con pantalones largos, a él, que era muy menudito. Las mangas del saco se las habían dado vuelta hasta el codo. —¡Carlitos! —le dije—. ¿Qué estás haciendo? Y el pobrecito me contestó que estaba trabajando: ¿No ves —me dijo— que estoy cuidando este carro?  Mirá, ¡hasta me han puesto un traje nuevo! Lo llevé a casa, lo cambié de ropa y me parecía un sueño volver a tenerlo entre mis brazos. Pero a los pocos días, esa fiebre de inquietud que llevaba en el pecho volvía a separarlo de mí. Yo soñaba que mi hijo sería médico... Si hubiese podido hacerle cumplir ése sueño mío! Pero él siempre decía que quería ser un cantor. Y esto, en aquel tiempo me daba miedo. Como vivíamos frente al Teatro Politeama, y yo trabajaba para algunas figuras de renombre, él solía meterse en los camarines, donde todos lo querían mucho. Había escuchado algunas óperas, y como tenía buen oído las cantaba después, haciendo él solo todos los personajes... Era muy desinteresado. En algunas de las casas donde trabajaba, ni siquiera se acordaba de cobrar cuando se iba; luego cuando yo iba preguntar por el, me pagaban a mí su sueldo, veinte pesos, treinta pesos... Seria difícil describir la ternura que hay en los ojos de esta mujer humilde mientras pasea su recuerdo por esos años lejanos.

Vuelve a ver a su hijo pequeño, travieso, inquieto, pero suyo de cuerpo y alma. No conocía entonces los halagos de la fortuna que su hijo puso después a sus pies, pero era feliz... La infancia de Carlitos fue en realidad para ella un dolor entrecortado, una inquietud derramada en sus ausencias y sus regresos. Pero todas las madres del mundo son así. Viven para sufrir por sus hijos, y acaso en el sufrimiento que les causamos, encuentran ellas la razón de su honda maternidad.

ERA EL MEJOR ALUMNO DE LA ESCUELA

SEIS AÑOS DE SOLEDAD.

Una extraordinaria primicia: Carlitos Gardel rodeado de sus compañeros de escuela, en el año 1896, cuando tenía seis años de edad. Foto obtenida por cortesía de su señora madre.
Ed.: Para una versi
ón mas grande, oprimir aquí. Ver nota 4.

Después de los catorce años, viene para la viejecita una época mas dolorosa aun. Todavía lo recuerda emocionada. Carlitos llegó una tarde y le dijo que había encontrado un buen empleo de tipógrafo en Montevideo. Allí se iría con un buen amigo suyo, otro muchacho de su edad. —Esta es la dirección, vieja. —le decía—. Andá si querés a preguntarle a la madre, a ver si es cierto. Y doña Berta, fué a visitar a la señora y claro que ella le dijo que era verdad. La anciana sonríe cuando nos dice: "Claro, el otro le había mentido también a la madre". Pero doña Berta entonces lo creyó. Con qué amor preparó un pequeño baúl para su muchachito. La ropita blanca y también un catrecito, y un montón de consejos. "Portate bien, Carlitos, mirá que ya sos un hombre". Y el le prometió todo, y le dió un beso para la separación que había de durar seis años.

—Desde entonces —prosigue doña Berta—, no volví a tener mas noticias de él. Al correr del tiempo, me mudé de la casa donde había vivido hasta entonces, y comencé a perder la esperanza de volver a encontrarlo. Inútil resultó mi visita a la madre del compañero de Carlitos. Tampoco ella sabia nada de él, y como yo, estaba desesperada. Algunas veces imaginé que había vuelto, y recorrí los cafés que acostumbraba a frecuentar, pero la respuesta era siempre la misma: "No sabemos nada, señora". Nadie sabia nada...

Así comenzaron a pasar los meses, y con los mesas los años. Esta pobre madre nació para un destino atormentado. Ya entonces creyó que había perdido definitivamente a su hijo. La vida se lo devolvió después, para muchos anos mas tarde volver a

El certificado del Colegio San Estanislao, de esta capital, en el que Carlitos cursó el sexto grado. Las clasificaciones hablan por si solas de su gran facilidad para el estudio.

robárselo, pero esta vez para siempre. La viejita nos dice que ya casi había perdido toda esperanza... Su hijito no volvería mas. Tal vez una mujer le había robado su corazón para siempre. Pero.. Era posible que olvidase a su madre, la que lo había querido tanto, la que por él cruzó el océano y dejó allá en Toulouse, en una casita de los alrededores, a su madre, a sus tíos, es decir, todo su pasado...
Pero un día, después de transcurridos seis años, alguien, la viejita no recuerda quién, le dijo que había visto a su hijo cantando, en un café del centro. ¿Su hijo? ¿Y cantando? La buena mujer corrió hasta ese café, pero le dijeron que eso había sido unos días atrás. Nadie sabia donde estaba ahora "El morocho". Después le dijeron haberlo visto en otro café, y en otro. Entonces fue cuando ella encargó a un amigo de Carlitos, que le llevase a éste la nueva dirección de su madre, y que le dijese que si aún la quería que la fuese a ver, pero en seguida. ¡Como no la iba a querer! ¡Quien podría no querer a esta madre que es como la cuna y of albergue de la ternura! A esta madre que es una verdadera definición viva del sentimiento maternal, a esta anciana que lleva sobre su cabeza la nieve del dolor de todas las madres del mundo, a esta mujer para quien la vida reservó poca alegría, que hundió sus manos en el duro trabajo a la edad en que otras viven la ensoñación del amor y la ternura. Tuvo un hijo, pero en voz baja, suavemente en el oído, podríamos preguntarnos que para qué lo tuvo, para que se lo dió la vida, si había de quitárselo después, cuando mas unido estaba a su vejez, a su destino casi cumplido.

Dos días después, mientras doña Berta trabajaba en su penoso oficio, una puerta se abrió y Carlitos cayó en brazos de su madre. Se había ido un niño, y volvía un hombre, con sus facciones maduradas, con la dureza de la vida escrita en su expresión, en su firme voluntad de luchar y triunfar. Habían pasado seis años de silencio y de distancia. El tiempo que cambia la niñez en juventud. Pero nada había entibiado la figura maternal en el corazón del hijo. La quería como siempre, como cuando tenía cuatro años y hacía sus ingenuos paseos en bote tomado de la mano con la hijita de doña Rosa Franchini. Aquellos años que nadie puede borrar del corazón de la viejita...


 

EL RECUERDO VIVE LATENTE EN SUS FAMILIARES
 

La viejita vive rodeada de fotografías de de Carlitos, y suele tomarlas entre sus manos para volver a soñar con aquella época que no ha de volver nunca. Aquí la vemos con un cuadrito que reune tres fotos del malogrado intérprete.

El cuarto en que viviera Gardel en la calle Jean Jaurés, está como él lo dejó, y difunde, dentro de su modesta humildad, una atmósfera de honda tristeza.
Ed.: Ver nota 5.

Carlitos a los cuatro años, y a los diez, a los veinte, y más tarde, cuando todas las mujeres admiraban su porte, su sonrisa, su voz... y ahora... Pero hemos llegado al término de una parte de la vida de Carlos Garde!. Ya tiene veinte años y su destino va a cambiar como si al influjo de una misteriosa fuerza una mano invisible girase el timón de su porvenir... ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué mano, que influencia se acercó a su vida? ¿Pronunció Dios una palabra de apoyo a este muchachito sufrido y ambicioso? ¿Por qué milagroso influjo habría de llegar hasta él la fortuna, la ciega y misteriosa fortuna que algunos no han visto ni siquiera una vez en la proximidad de su vida, para sacarlo de la penumbra de su modesta realidad del muchachito pobre e iniciar un vuelo de triunfos sobre el mundo entero? Nada podríamos decir. Ha sido un verdadero milagro social. Nadie en nuestro país llegó hasta tan altas cumbres de popularidad. Gardel llegaba nada más que con su presencia hasta donde no han podido acercarse artistas que dedicaron sus vidas enteras at estudio, y que, arrullados por la música, pasaron los años de la más remota infancia. Carlos Gardel nació en la penumbra de una dura pobreza. Vivió la infancia triste de los niños que viven luchando para ganarse el pan, y que frecuentemente se pierden en un mundo confuso de sueños. El niño que a los cuatro años vendia fósforos en el puerto de Buenos Aires llegó a ganar muy cerca de los cuatro millones de pesos.

¿No parece esto una novela de Carlos Dickens? Moderno David Copperfield, Carlos Gardel vivió también su novela dramática. Drama que conmovió el corazón de millones de hombres y mujeres, que lo lloraron como a un hermano, como a un novio, o como a un hijo, y que hará que su recuerdo quede grabado por mucho tiempo, pues la admiración que en el pueblo había despertado es de las que no se olvidan fácilmente.

Carlitos Gardel, que pudo gustar la gloria, triunfó y cayó bajo el peso de sus propios triunfos. Fué su destino.

Ya lo veremos, lector. El capítulo que hemos querido ofrecer hoy, ya esta cumplido.

El pequeño altar que sus amorosas manos maternales han levantado en un rincón de la salita. Rodeando la fotografía de Carlitos, hay siempre flores frescas.

 

Doña Berta, la viejita de Carlos Gardel, tiene un gran cariño por el perrito que fuera la mascota querida de su hijo. Es un "foxterrier" simpático y vivaracho.

 

Sobre la mesa, las amorosas manos maternales han reunido algunos de los regalos que Carlitos recibiera de sus admiradores. Pequeñas pruebas de afecto que tienen, para el corazón de la viejita, conmovedora elocuencia.
El patio de la casita en la calle Jean Jaurés tiene la tristeza de las casas abandonadas. La sombra de su recuerdo cae en el silencio que sólo interrumpe el canto de los canarios, que no conocen tristeza.

 

Doña Berta vive en la actualidad con doña B. de Muñiz, su compañera de trabajo de hace cuarenta años. En la foto aparece don Fortunato Muñiz, esposo de esta última, y entre ellos está la victrola donde los discos de Gardel traen diariamente la voz del muchacho ausente.

LA CANCIÓN MODERNA, Nº 429
6 del junio de 1936

Notas:

  1. Para encubrir su condición de madre soltera, Berthe se refiere al padre de Gardel como Paul Gardès. En actualidad se trata de Paul Lassere, pero no hay pruebas del parentesco. Ver la siguiente pagina sobre Lassere.
  2. LA CANCIÓN MODERNA, Nº 412 del 8 de febrero de 1936 (dos días después del sepelio de Gardel a Bs. Aires), por primera vez publica la foto Carlos Gardel de 4 años y de Paul Gardès (Paul Lassere).
  3. La foto de Gardel a su amigo Pedro Guzzatti fue convenientemente recortada por Avlis en su libro "Carlos Gardel el gran desconocido" p. 145. Allí advertimos a un joven Carlos Gardel a quien el citado autor pretende identificar como el "zorzalito de Tambores".
  4. La propaganda uruguaya utilisó esta foto de Gardel en primer grado (1887), tomada en la Escuela Nicolás Avellaneda, Buenos Aires para confeccionar la foto alterada y atribuirla a una escuela de Montevideo. Los uruguayos jamás presentaron un certificado de escolaridad.
  5. La foto ovalada en la pared es de Vital Gardés, el abuelo de Carlitos.
  6. El texto de este mismo articulo fue publicado sin alteraciones en RADIOLANDIA Nº 2551 del 24 de junio de 1977 excepto que no se publicaron algunas fotos y se adjuntaron otras. Además, se explican las razones por la documentación uruguaya fraguada de Gardel.

Enlaces:

  1. Palabras de la madre de Carlos Gardel: Revista Antena, 18 de Junio de 1946.
    Recordando una entrevista casi olvidada que Antena le hiciera a Berthe Gardes el día 17 de Agosto de 1935, el día de la llegada de los restos de Gardel a Buenos Aires. Aqui Berthe rechaza cualquier manipulacion uruguayista y afirma que su hijo nacio en Francia.
  2. ACERCA DE LA ESCOLARIDAD DE CARLOS GARDEL. NUEVOS APORTES DOCUMENTALES. Buenos Aires, 9 de Junio de 2008. POR:. GUADA ABALLE. Colaboró J. C. ESTEBAN.
  3. CHARLES Y CARLITOS El francés y el uruguayo: un cuento terminado. Por: Juan Carlos Orofino 9 de junio de 2004.
  4. EL JUICIO SUCESORIO DE CARLOS GARDEL EN URUGUAY. Por Juan Carlos Esteban. Buenos Aires, 27 de Febrero de 2008.
  5. Las Astillas de Gardel. Por José María Otero
    Y el inventor de toda esta ficción sobre el presunto origen uruguayo de Carlos Gardel, se llamaba Erasmo Silva Cabrera que firmaba con las letras de su apellido invertidas: Avlis...
  6. Aportes al Estudio Biográfico a C. Gardel, – Trayectoria Familiar –. 16 de Noviembre de 2007.
    1882 - Viaje de Berthe Gardes Gardes y familia desde Venezuela via SS Valencia.
    Por: Juan Carlos Esteban con la participación  de  Monique Ruffie de Saint–Blancat, José Pedro Aresi y George Galopa.
  7. 11 DE MARZO MARZO DE 1893: ARRIBAN A BUENOS AIRES BERTHA GARDES Y SU HIJO CHARLES ROMUALD GARDES (CARLOS GARDEL).
  8. Paul Lasserre, el padre de Carlos Gardel. La Maga, nota del 01 del 08 de 1995 MARTHA BÁEZ.
  9. Funeral de Gardel - La Nacion, Viernes 7 de febrero de 1936, LA NACION - Viernes 7 de febrero de 1936.
  10. JACK LUPIC FRENTE A LOS DICHOS DE OSTUNI. miércoles 18 de marzo de 2009.

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Last update: 28 de julio de 2010

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